La alucinación del absoluto
Lo he dicho muchas veces. Todo lo que he sido yo hasta este preciso instante ha sido un continuo inexorable cuyo cerebro neuronal ha ido evolucionando y modificando la percepción y sentimiento acerca de la realidad. Aquello que de pequeño conocía y consideraba absoluto, no era ni más ni menos que una alucinación en un organismo consciente que merodeaba por algún abismo, no se sabe cuál, pero por alguno. Y en cierta forma me planteo si aquella realidad era inclusive más real… Porque nunca me la había llegado a cuestionar. Fue entonces, ahora, que me la cuestiono. Serán aquellas sensaciones, el ambiente, la música, la melodía, la calidez y su aliento un atisbo de un recuerdo perpetuo que marcará lo que el consciente ahora (y menos real) es. No hay palabras para explicar lo inexorable. Tener 5 años o tener esa inconsciencia se acerca al ideal de la idea de existencia consciente, aquella que no se cuestiona la realidad; claro está que si lo miras de cierta forma, ya que están aquellos que dirán que el metapensamiento de la realidad evolucionada neuronalmente es más real…
Existen, por ejemplo, testimonios grabados de aquellas épocas donde la inocencia moldeaba la experiencia sin filtros. Recuerdo particularmente las actividades musicales en la escuela primaria, participando en el coro y en funciones. Cantábamos con una devoción total, ajenos a cualquier cinismo analítico. Era una forma pura, casi hipnótica, de estar en el mundo.
En realidad, respecto a este segundo vídeo de estas actuaciones, ya empezaba a generar una extraña disociación. Era aún muy chico, pero ya se gestaba mi manía de crear parodias obscenas de aquellas melodías en mi mente, impulsado sobre todo porque desafiaba aquello que el entorno me presentaba como prohibitivo, absoluto y, encima, tan excesivamente inocente como lo era esta situación. Y fui más allá: llegué a cantarla parodiando la letra en pleno coro de clase, creyendo que nadie me escucharía rodeado de aquel enorme vocerío. Sin embargo, una compañera me delató. Gracias a Dios no llegó a escuchar con exactitud la barbaridad que contenía mi parodia, sino que simplemente se fijó en que yo seguía otra letra; de lo contrario, el enfado de la profesora podría haber sido infinitamente peor.
Curiosamente, hoy día, al gozar de esa “libertad de conciencia”, escuchar de nuevo esta canción ya no me despierta ningún afán de rebeldía. Más bien me infunde una profunda ternura y un genuino anhelo; la frágil esperanza de que algún día me ocurra aquello que la propia melodía predica incansablemente: “levantarse en aqueste día con ganas de mirarte…”.
Más adelante, aquella ingenuidad empezó a fragmentarse sutilmente, dando paso a una autoconciencia más irónica, propiciando el germen de un pensamiento más complejo. Sucedió durante la época pandémica, cursando 1º de la ESO. Mi profesor de lengua nos propuso un ejercicio creativo y catártico: elaborar una parodia musical. Tomé como base la melodía de Pan y Mantequilla de Efecto Pasillo y la reimaginé para encapsular la paranoia de aquellos días de encierro. Aún recuerdo cómo arrancaba la letra: “Corona, cada persona más a mí me contamina, que esto es una ruina…”.
Esa pequeña alteración lúdica de la realidad ya era, en sí misma, una demostración temprana de cómo el cerebro comenzaba a deformar y jugar con lo que antes consideraba absoluto.
En definitiva, reconocer que la realidad es una “alucinación controlada” supone el verdadero clímax del desarrollo humano: dejas de ser un organismo biológico rehén de su entorno —cuyas reglas y miedos de la infancia considerabas absolutos—, para convertirte en el arquitecto consciente de tu propia experiencia. Aunque destruir ese absoluto conlleve a menudo cierta incertidumbre o melancolía por la pérdida de aquella inocencia primigenia, otorga a cambio la libertad soberana de elegir tus propios filtros. Ya no merodeas pasivamente por el abismo; ahora eres un sujeto capaz de mirarlo, decidir qué fragmentos del pasado rescatar, y jugar creativamente con el significado de la existencia.