EmilioMinkov_
INSOMNE / 2026-04-18

El Vértigo de la Materia Consciente

FECHA: 18 ABR 2026, 12:46 TIPO: Texto

Existir me pesa. Existo de la misma forma en que existe un objeto, pero con una diferencia radical: yo sé que existo. Esa autoconciencia lo cambia todo. El universo podría haber existido en silencio, pero, propiamente hablando, ¿qué sería de él si nada ni nadie supiera de su existencia? Imagina un cosmos vagando en el vacío, sin testigos. La diferencia entre un universo así y la nada absoluta sería imperceptible; bajo esa premisa, podrían existir infinitos universos fantasma. El simple hecho de intentar comprender qué es la nada o qué significa algo ya es suficiente para atormentarme.

Resulta profundamente irónico que seamos nosotros, meros objetos universales, quienes desentrañamos el hecho de que el universo existe. Siempre que mi mente roza temas que trascienden la escala humana, me invade una mezcla de incertidumbre, desolación y miedo. Comprender que mi mundo cotidiano y banal no es el todo, que la realidad es infinitamente más vasta y ajena de lo que concebía, me produce un vértigo ineludible. La contingencia de mi propia existencia —saber que puedo dejar de ser en cualquier instante— me atormenta, pero a la vez me impone una humildad radical.

La mayor parte del tiempo, simplemente vivo. Observo cómo la sociedad ha mercantilizado el tiempo: se valora la cantidad de horas invertidas en una tarea, independientemente de su verdadero propósito o productividad. En ese proceso, el tiempo —que en sí mismo es un misterio— se banaliza. Olvidamos que es nuestro reloj de arena interno, una cuenta regresiva estrictamente limitada que jamás volverá a repetirse. Y ahí me hallo, consumiendo un día tras otro. El tiempo seguirá su curso, implacable, hasta que la entropía desangre el último enlace atómico del cosmos. Joder, es demasiado irónico que todo parezca estar diseñado de esta manera. Sea fruto del azar o no, el hecho innegable es que Es, y esa certeza me resulta ofuscante.

A menudo, el peso de la conciencia y de la condición humana se desploma sobre mí. Se manifiesta como un sabor amargo, una letargia profunda, una fricción casi tortuosa ante la simple idea de actuar o pensar. A veces es solo el resultado de necesidades fisiológicas insatisfechas, pero otras veces intuyo que es una pesadez inherente a nuestra naturaleza. Sin más.

La biología define a los seres vivos mediante tres funciones: nutrición, relación y reproducción. Sin embargo, el ser humano arrastra una cuarta: la carga de la conciencia. ¿Qué somos realmente más allá de nuestras etiquetas? La sexualidad y el género son condicionamientos profundamente arraigados. Si partimos de la fisiología, nuestra genética y nuestras hormonas dictan en gran medida cómo nos sentimos y cómo interactuamos con el mundo. Nuestros quehaceres, pensamientos y acciones están irremediablemente teñidos por esta predisposición biológica. Entonces, ¿dónde reside lo que realmente somos? ¿Cuál es esa esencia pura, ese sustrato previo a la bifurcación biológica?

Yo vivo como un hombre, pero lo hago porque he sido determinado a ello. Mis deseos, mis convicciones y mis miedos están esculpidos por mi arquitectura hormonal. Ante esta realidad, siento que el margen para el libre albedrío es aterradoramente estrecho. Tal vez la única salida sea aceptar al individuo como la estructura física y mental que es, asumiendo que estamos irremediablemente condicionados en lo que anhelamos y sufrimos. Y eso es jodidamente azaroso. Implica que lo insondable del universo no es solo un misterio cósmico ahí afuera, sino un proceso ciego que está ocurriendo ahora mismo dentro de nuestro propio cuerpo. Es un pensamiento que, a veces, me deja pasmado.

Otras veces, la crisis es mucho más visceral. Estoy tumbado en el sofá, intentando conciliar una siesta tras volver de clase, buscando un momento de paz. Pero es precisamente en el silencio cuando la perturbación ataca: mi mente me recuerda que voy a morir. Al principio, es solo un reconocimiento intelectual, una comprensión abstracta de la mortalidad. Pero rápidamente escala. Se produce una especie de “mutación cuántica” en mi interior, un chispazo que detona en el pico de la rumiación. Cuando golpea, la descarga de adrenalina es innegable: soy un ser humano, yo voy a morir, y no es una metáfora.

Ahí es cuando entra el pánico. Todo el teatro de la existencia y la banalidad cotidiana colapsan en ese preciso punto de inflexión. Es un estado de conciencia radicalmente distinto al habitual. Olvido quién soy; mi ego se disuelve y solo busco desesperadamente un ancla que me sujete a la tierra. Mi ritmo cardíaco se acelera hasta rozar lo cómico. Miro a todas partes y a ninguna. Podría observar a la gente caminar o a los pájaros volar, pero esa euforia terrorífica seguiría intacta. Siento que mi cuerpo no me pertenece y que la realidad es un mero decorado.

La última vez que me ocurrió, caminé acelerado hasta la habitación de un familiar que estaba durmiendo. Abrí la puerta y susurré:
—Oye…
—¿Mhm? —respondió, entre sueños.

Por alguna razón incomprensible, en ese preciso instante, las revoluciones se desplomaron. Cerré la puerta sin añadir una palabra más. No necesitaba nada más. Acto seguido, me senté de nuevo en el sofá, aturdido, sintiendo cómo la adrenalina abandonaba mi torrente sanguíneo, dejándome un sabor agridulce, como una corriente eléctrica disipándose en el agua.

No es la primera vez que me ocurre; la primera fue cuando tenía apenas ocho o nueve años. Es jodido. Acepto que pase si tiene que pasar, pero, ¿justo cuando intento descansar y limpiar los residuos neuronales de un largo día? No, por favor. Ni siquiera sé a quién le estoy suplicando. Sé que me seguirá ocurriendo. Sin embargo, escribir sobre ello, hacerlo manifiesto, tal vez le quite poder. Tal vez al sacarlo de lo recóndito y plasmarlo aquí, mi mente lo perciba como algo menos tabú y las aguas se calmen un poco. Sea como fuere, ya lo he escrito, y no pienso borrarlo.

Francamente, el instante justo después de que mi encéfalo recupere la calma es profundamente poético. Es la misma sensación que tienes al bajarte de una montaña rusa extrema: náuseas mezcladas con un cosquilleo eléctrico en la sien. Es una experiencia catártica. A algunas personas —y me incluyo— puede llegar a resultarles reconfortante. Sobrevives a una simulación mental en la que estabas convencido de tu propia aniquilación, solo para descubrir que sigues aquí, sano y a salvo. Supongo que, en el fondo, es la misma extraña razón por la que nos fascina el cine de terror: asomarnos al abismo para sentir el alivio de seguir vivos.

SINCRO18 ABR 2026