El Hechizo de la Rutina
Hoy volví de clase en bus, como de costumbre. Hacía un día soleado. El mismo trayecto de siempre y, en apariencia, el mismo paisaje rutinario. Pero esta vez hubo algo distinto; todo parecía más colorido. A menudo me propongo romper con el hechizo de la rutina y mirar lo habitual con nuevos ojos, pero hoy siento que, por fin, logré cumplir de verdad con esa promesa.
Normalmente, mientras veo pasar los estímulos de la calle de manera atropellada, mi mente selecciona los detalles más curiosos y los enlaza con algún recuerdo o reflexión personal. Es esa misma sensación que surge al evocar la infancia: la viveza y la intensidad de los colores que se abren paso entre la niebla de un bello acontecimiento pasado, eso que solemos llamar nostalgia. Sin embargo, hoy lo viví en el presente. Sin una razón aparente; simplemente por el hecho de estar vivo.
Quizá fue el tono de un tejado, o el verde saturado de clorofila en las hojas de un árbol, lo que resonó con ese profundo agradecimiento que ya sentía hacia la primavera y su forma de llenarlo todo de vida. Y, por primera vez, no pensé en nada más. Mi mente no conectó el estímulo con ningún otro pensamiento; me limité a contemplar los colores tal cual eran, sin esfuerzo, mientras el vehículo avanzaba.
Fue entonces cuando me di cuenta del paisaje que me había estado perdiendo todo este año. Al observarlo con plena consciencia, despojado del prejuicio de que “ya es conocido”, el entorno cobró un nuevo significado. Paradójicamente, logré discernir detalles inéditos, estímulos recónditos en cada rincón y en cada sombra, matices que jamás habría saboreado de no haber roto con aquel sesgo. Y me sentí agradecido. Agradecido de estar vivo y de poder experimentar semejante belleza.
Para ser honesto, no todo fue contemplación pura. Un sutil pensamiento logró colarse entre todo aquello: ¿Es posible percibir el mundo de una manera aún más intensa, más bella o más refinada? ¿Existe una forma correcta de apreciar la belleza? Realmente sigo sin conocer la respuesta; supongo que es algo íntimo que cada quien descubre a su manera. Pero sí puedo afirmar que sentí una alegría silenciosa que me hizo esbozar una sonrisa al asimilar lo hermoso que era todo. Sentí gratitud hacia mis propios ojos por ofrecerme una visión tan amplia, y hacia mi mente por procesar cada detalle con tanta agudeza.
Creo que, en cierto modo, a eso se le puede llamar felicidad. Poco importa si fue una simple reacción química o biológica; lo verdaderamente importante es que estaba allí, plenamente presente en ese preciso instante.
Al bajar del bus, me sentía fascinado. El cielo lo bañaba todo con un aire de frescura y las nubes, por sí solas, eran ya un espectáculo de grandeza. Todo a mi alrededor lucía tranquilo, quieto; sin embargo, la intensidad de su simple existencia lo irradiaba todo. Sentí que podría pasar horas observando cualquier cosa, por simple o banal que fuera, totalmente sumido en su increíble belleza.