EmilioMinkov_
INSOMNE / 2026-08-25

La Teoría del Todo Humano

FECHA: MAR, 25 AGO 2026, 01:36 TIPO: Texto

La curiosidad me devuelve, inevitablemente, a la inmensidad del universo. Es un hecho que me atormentaba y me sigue atormentando. Para que una persona despierte de su letargo difuso, ha de preguntarse qué había antes del cosmos; cómo el tiempo nació con el espacio y en dónde acaba todo esto. No soy quién para responder a esas preguntas: les temo porque las vivo en carne y hueso. Para la ciencia, la gran hazaña es una teoría del todo que una lo macroscópico con lo microscópico. Para mí, la verdadera hazaña sería una teoría del todo humano: comprender cómo la inmensidad del universo se anuda a nuestra historia y psicología, a ese continuo de contradicciones, amor, odio, asombros y perplejidades.

Nací en una época y un lugar donde no me veo obligado a morir por orden de unos líderes, ni soy esclavizado, ni violentado. No sé si sentirme agradecido o abrumado por ello. Soy libre para pensar profundamente y acceder a casi cualquier conocimiento, pero incapaz de trascender mi propio cuerpo. Mirarlo de frente implica asumir una lenta agonía: ser plenamente consciente de mi propia putrefacción, igual que todos los demás —algo que no me plantearía si mi urgencia fuera no pasar hambre o esquivar las balas de una guerra—. Podrá sonar egoísta tratarlo como un problema, pero para alguien que se experimenta como un sujeto en el mundo, con manos y mente cambiantes, lo es de forma irremediable.

Cuando miro el firmamento por la noche, en algún rincón libre de luz artificial, alzo la cabeza y siento una fascinación que me ensancha la mirada. Todas esas estrellas, toda esa energía sometida a la entropía —igual que mis células a la apoptosis— me recuerdan que el tiempo corre: no como una urgencia, sino como un aviso silencioso. A nivel estadístico y económico no soy más que una cifra. Eventualmente seré solo un recuerdo: una tumba con un cuerpo que existió en primera persona; alguien que sintió que fue, que algo pasó, que algo se movió, pensó, se hizo, lloró, cambió y vivió en el mundo.

Al vivir en el presente callamos una verdad que aceptamos sin nombrar —no por evasión, sino porque está demasiado arraigada en nuestra naturaleza—: la incertidumbre del futuro y la contingencia de que nada esté garantizado. A veces lo vivo como una esperanza, el anhelo de que un corazón me quiera; otras tantas no es más que un sesgo humano. En el fondo escapa a mi control, y solo me queda centrarme en lo que está en mis manos: mi propia mente y mi cuerpo.

Son las tantas de la madrugada; la casa calla. Hay verdades que solo sostiene el insomne, y el sol las desmiente. Esta es una de ellas.

Y si me preguntas, al final, si todo esto valió la pena; si la creación cuántica del cosmos sirvió de algo; si aquella molécula de apenas unos átomos que dio origen a la vida y aprendió a replicarse tuvo un impacto real; si la conciencia que nos permitió rotar las manos y contemplar nuestras palmas fue un don y no una condena; si los miles de años de catástrofes que casi aniquilan nuestra especie —y que desembocaron en el Homo sapiens sapiens que ahora escribe esto para que otro lo lea— guardan algún sentido intrínseco… mi respuesta será un absoluto y embriagado sí.

Y no, no fue el universo el que desplegó trece mil ochocientos millones de años con este amor como meta. Al universo le importamos un bledo: es un vacío negro y ciego, regido por la entropía. Y sin embargo, sobre esta roca insignificante, dos cuerpos que sudan y envejecen se han atrevido a encender algo que el vacío no sabe apagar: una insurrección de materia tibia contra tanta noche. Mereció la pena una y otra vez. Que el cosmos se extinga o renazca en infinitos ciclos: este fuego ardió, y lo encendimos nosotros. Este amor se manifiesta en el presente, libre de expectativas sobre el porvenir. Solo presencia.

Contemplar a mi amada sin tenerla delante. Sé de sus matices y de sus contradicciones; sé, sobre todo, que es de carne: un cuerpo que sabrá de arrugas y de desgaste, igual que el mío. A veces imagino, sin derecho alguno, el vaho de su respiración en un aire frío que todavía no hemos compartido. La entropía pasará factura también a esa materia. Amar lo eterno es fácil; lo verdaderamente humano es amar algo que sabemos perdido de antemano, y amarla de todos modos.

Sé lo que esto puede parecer: el desvarío de una cifra con insomnio, de una tumba futura que se atreve a dictar condiciones al abismo. Lo admito; incluso me hace gracia. Y elijo la locura.

La amo, esté donde esté, con la misma fuerza elemental con la que la materia desafía a la entropía para encender la vida: ella es la que me mantiene en pie y me devuelve las ganas de existir.

Te quiero, amada.

SINCROJUE, 10 SEP 2026